Cuando pensamos en el Palacio de Buckingham o en los dominios de la monarquía británica, la mente se nos va a la imponente guardia real y a las decenas de perros corgi que acompañaron a la reina Isabel durante toda su vida. Pero, ¿qué sabemos de los gatos de la reina Isabel?
En el centro del poder político de Londres, existió un custodio silencioso y adorable de cuatro patas que se robó la atención de la nación entera. Su nombre era Wilberforce, un gatito blanco y negro que cruzó su destino con los momentos más cruciales del reinado de Isabel II.
Esta es la historia del guardián que supo ganarse el respeto de los líderes más implacables del siglo XX.
El legendario Ratonero Mayor de Downing Street
. / Getty Images
La trayectoria de Wilberforce comenzó de la forma más humilde posible. En 1973, un pequeño gatito fue rescatado de las calles por la Sociedad Real para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (RSPCA).
Su suerte cambió cuando fue adoptado para cumplir una importante misión de Estado; convertirse en el Ratonero Mayor de la Oficina del Gabinete en el número 10 de Downing Street, la residencia oficial del Primer Ministro británico.
En un edificio histórico propenso a las plagas de roedores, Wilberforce demostró eficacia y ferocidad, ganándose el título del "mejor ratonero de Gran Bretaña". Su presencia se volvió una constante en el día a día de la política, patrullando las salas donde se decidía el futuro del país con una dignidad que estaba a la par de cualquier alto funcionario.
A lo largo de sus catorce años de servicio activo, Wilberforce vio pasar a cuatro Primeros Ministros distintos: Edward Heath, Harold Wilson, James Callaghan y Margaret Thatcher. Para la reina Isabel, quien mantenía audiencias semanales con cada uno de estos líderes para mantenerse al tanto de los asuntos de Estado, Wilberforce se convirtió en una figura familiar y querida.
Aunque la reina Isabel era conocida por su amor a sus corgis, siempre sintió respeto por la labor de los animales al servicio de la Corona. Wilberforce defendió con con astucia, garras y lealtad la Oficina del Gabinete en el número 10 de Downing Street
El guardián de cuatro patas que desafió el mito de los gatos de la reina Isabel
Las paredes de la residencia oficial fueron testigos del carácter audaz de este guardián. Se dice que Wilberforce poseía el pase de seguridad más exclusivo del mundo, pues tenía permitido entrar a placer a las reuniones de política en la sala del Gabinete, y hasta dormía plácidamente sobre las sillas mientras se discutían tensas negociaciones internacionales.
Su relación con los mandatarios tuvo muchos momentos; mientras que Bernard Ingham, el secretario de prensa de la época, lidiaba con la alergia cada vez que el Ratonero Real se echaba a dormir debajo de su escritorio; Margaret Thatcher sentía una debilidad absoluta por él. Se cuenta que durante un viaje oficial a la Unión Soviética en plena Guerra Fría, la "Dama de Hierro" se tomó el tiempo de acudir a un supermercado en Moscú para comprarle una lata de sardinas como obsequio.
El pueblo británico lo consideraba una extensión del propio espíritu del reino. Tras una vida dedicada por completo al cumplimiento del deber, el minino se retiró formalmente en 1987 para disfrutar de una vejez tranquila en el campo de Essex, cobijado por el cariño de un cuidador jubilado y con un tierno regalo de despedida otorgado por la propia Thatcher.
Cuando Wilberforce falleció pacíficamente mientras dormía en mayo de 1988, la noticia conmovió a toda la nación. El personal del gobierno civil, que durante años se encargó de responder las montañas de cartas que los ciudadanos enviaban para preguntar por él, recibió una avalancha de condolencias que reflejaban el vacío dejado por su partida.
El último adiós al cazador del reino
. / Getty Images
La vida de este audaz cazador nos recuerda que el protocolo y la calidez humana pueden coexistir en los escenarios más solemnes del mundo. Aunque siempre recordamos a los leales canes de la Reina, la vida de Wilberforce es un recordatorio de que quien ama a los animales no hace distinción entre ellos.
La huella que dejó en los pasillos de Downing Street permanece imborrable, porque los verdaderos guardianes de la historia a veces caminan silenciosamente sobre cuatro patas.
