Lila Downs: México tatuado en el alma
Moíses Echartea

Lila Downs: México tatuado en el alma

La cantante nos abrió las puertas de su casa en Oaxaca, ahí platicó sobre los contrastes de ser mexico-americana; su búsqueda de identidad y la manera en que ha enfrentado la discriminación. Ahora es una de las mexicanas más influyentes en el mundo.

En el corazón de Oaxaca, a unos metros del centro de la ciudad, se halla la casa de Lila, en la que lo mismo encontramos ollas de barro, sillas de mimbre y una cocina de leña, que un elevador de rejas metálicas. El primero en recibirnos fue Paul Cohen, el esposo de la cantante desde hace dos décadas, un estadounidense sencillo y muy cálido. Él se encarga de los arreglos musicales de la cantante, la acompaña en el escenario con el saxofón y hasta hace poco era su mánager. Minutos después apareció Lila, imponente: con mirada penetrante, pelo negro azabache perfectamente bien trenzado y piel de un dorado perfecto.

  Bastaron sólo unos minutos para que comenzara a reír con fuertes carcajadas: francas y contagiosas… Rápido rompimos el hielo y entendimos el porqué su carisma ha cautivado tierras tan lejanas como Filipinas, Egipto y Afganistán.

La ganadora de un Grammy y cuatro Grammys latinos pasa algunas temporadas en Oaxaca, otras en la Ciudad de México y mucho tiempo de gira. Un día amanece en Miami para recibir un reconocimiento, vuela esa misma noche para cobijar a su hijo Benito (de seis años de edad) en Oaxaca, y un par de días después emprende una gira por Europa. “Está bien complicado y más siendo mamá. Afortunadamente tenemos un equipo de personas maravillosas que nos apoyan y ¡son nuestra salvación! Procuro acompañar a Benito en sus actividades y pasar todo el tiempo que puedo con él: ¡ése es el secreto! La vida nos ha enseñado a Paul y a mí a ser padres organizados y fuertes, aunque no deja de ser difícil”.

A la mitad de sus treinta, Lila decidió convertirse en mamá. Intentó embarazarse durante cinco años y aunque no lo consiguió biológicamente, jamás se rindió: “Nuestro deseo de ser padres era muy fuerte y decidimos adoptar.

Tardamos tres años en el proceso de papeleo y ¡por fin lo logramos! Llegó a nosotros Benito, un niño sano, ¡perfecto! Es el angelito de nuestras vidas, el regalo más grande”, compartió emocionada la cantante.

Los Cohen Downs son una familia feliz y que saben reírse de sí mismos.

Hemos formado un hogar multicultural: indígena, judío, agringado, mestizo y transfronterizo. Benito habla inglés y español. Mi mamá no ha querido enseñarle mixteco; sólo sabe unas palabras, a mí tampoco, y ése es mi enojo con ella (risas), pero no me venzo, en algún momento lo voy a lograr.

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Lila Downs
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El amor de sus padres

En un espacio de la casa de Lila está el departamento de la cantante mixteca Anastasia “Anita” Sánchez, mamá de la artista. Acogedor, colorido, lleno de fotos y premios de su hija perfectamente acomodados. “Mi mami es la más feliz de conservar mis reconocimientos”, dice Lila y nos cuenta cómo se conocieron sus padres: “Mi papá (el cineasta estadounidense Allen Downs) llegó a la Ciudad de México (refugio de Anita después de huir de Oaxaca de un matrimonio arreglado) para filmar una película sobre el pato ala azul que emigra de Canadá a la península de Yucatán. En ese viaje conoció a mi mamá; ella dice que fue mientras cantaba en una cafetería, pero él aseguraba que era un bar. No sé cuál versión creer (risas)”.

Allen regresó a Estados Unidos para divorciarse, volvió a México para casarse con Anita y el 9 de septiembre de 1968 nació Ana Lila Downs Sánchez en Tlaxiaco, Oaxaca. “Mi pueblo queda a dos horas de aquí (el centro de Oaxaca); es un monte de ocotes (una versión de pino), con águilas que anidan en las montañas y un río: ¡un lugar espectacular!”.

“El mestizo cruel”

Lila y sus papás vivían en Oaxaca y Minnesota (ciudad donde nació su papá). “Él daba clases en la universidad; íbamos y veníamos: un año allá y otro acá, así cursé la primaria”.

Entre ese ir y venir se enfrentó muchas veces a la discriminación:

Decían que era la hija del yanqui y de la india. Rechazada allá por no ser güera y rechazada acá por mi apellido. Eso hizo que buscara mi identidad y ahora siento mucho orgullo de mis orígenes.

El padre de la artista murió a los 68 años a causa de un infarto. Lila tenía 16 años y se quedó a vivir en Tlaxiaco con su madre y su abuela Matilde, mientras terminaba la secundaria.

“Ya no había un hombre en la familia ni el mismo respeto hacia nosotras: eso me afectó mucho. Todo se complicó cuando un exnovio inventó un chisme sobre mí. Entendí el daño tan grande que puede hacerte un hombre y un pueblo entero”.

Lila demandó a su difamador y desde entonces ayuda a otras mujeres y las empodera. “Soy una firme abogada de las mujeres; sobre todo de las jóvenes que se las ven duras”. Año con año ofrece varios conciertos a beneficio de mujeres de escasos recursos de las comunidades rurales de Oaxaca, y brinda conferencias donde las alienta a salir adelante y a no permitir ser violentadas.

Lila cursó la preparatoria en el centro de Oaxaca. “Estaba rodeada de gente ‘bien’, que quería deslindarse de todo lo indígena y hacerse de sangre europea. Así conocí al mestizo cruel”, confesó.

Después viajó a Minnesota para estudiar Antropología y música clásica, pero las cosas no cambiaron mucho allá: su profesor de música hablaba de lo perfectas que eran las cantantes rubias… sus voces, el color de su pelo y piel. Downs llegó a sentir rechazo por sus raíces: no encajaba y decidió decolorar su pelo negro con peróxido.

Al tiempo reflexionó y no sólo abandonó la idea de volverse rubia, sino también su preparación musical y se enfocó en su carrera como antropóloga: “Desde el día uno supe que eso era lo mío: Entendí más la historia de la humanidad; quiénes somos, cómo nos hemos dañado a través del tiempo y cómo mejorar”.

Mucho más orgullosa de sus raíces y su apariencia, Downs regresó a Oaxaca para hacer una tesis sobre los textiles triquis de la región Mixteca en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca.

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Lila Downs en entrevista
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Lila Downs, la cantante

La música se le daba fácilmente desde muy chica: imitaba a Lola Beltrán, Lucha Villa y Lucha Reyes. “Pero algo no me acababa de convencer. Me parecía un estilo un poquito light. Pensaba: si eres medio bonita y sabes bailar bien, pues ya la hiciste, pero eso no va conmigo”.

Vivir tan de cerca la segregación, el racismo y las carencias de sus cercanos la ha motivado a plasmar en sus letras el valor de la cultura mexicana y las tradiciones indígenas; a retratar la migración y temas sociales.

“Me gusta que las canciones digan algo, que expresen lo bello de nuestro país y también que hagan reflexionar sobre las cosas tristes. Mi padre era un luchador social incansable y mi madre me inculcó respetar a los demás y conocer sobre nuestras costumbres”.

La primera canción que Lila escribió fue “Ofrenda”, después de conocer a un señor en Oaxaca que le pidió traducir un documento en inglés: ¡era el acta de defunción de su hijo!

Había muerto intentando cruzar el Río Bravo para alcanzar el sueño americano. “Más del 80% de la comunidad mixteca son migrantes: arriesgan todo para pasar al norte”.

Hoy en día, con 48 años de edad y 22 de trayectoria, Lila Downs es una de las principales exponentes del folclor y la cultura mexicana dentro y fuera de nuestro país. El diario The New York Times define su voz como multifacética: “de un falsete aéreo puede llegar a un franco y sensual alto para culminar con un emotivo contraalto”.

Hace tres años fue invitada a la Casa Blanca por Barack y Michelle Obama para actuar en la celebración del Mes de la Herencia Hispana. En junio de este año recibió un reconocimiento honorífico en la Universidad de Paul en Chicago por su labor de preservación de las culturas indígenas.

Un mes después actuó en el Festival Internacional de Jazz de Montreal y le otorgaron el premio Antonio Carlos Jobim por su labor como difusora de la cultura mexicana en todo el mundo.

Esta artista sigue recopilando premios, nominaciones y reconocimientos, pero ni así se salva de seguir siendo discriminada.

“Nunca se me quita ese dolorcito que tengo aquí adentro y veo que todavía existe. Hace dos años fui al centro de Oaxaca y no me dejaron entrar a un baño porque venía vestida con mi traje típico: imagínate cómo estarán nuestras demás paisanas”.

cantante Lila Downs
Moíses Echartea
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Liberando a la huesuda

Actualmente Lila promociona su noveno disco, Balas y chocolate, inspirado en su esposo Paul cuando le fue detectado un problema cardíaco, y los médicos dijeron que moriría. “Ha estado enfermo desde hace tres años, pero gracias a su tratamiento médico va mucho mejor. Los médicos nos hablaban como si ya fuera a morir, pero aquí está ¡vivito y coleando!”

La historia de Paul y Lila empezó cuando ella tenía 26 años y cantaba en un grupo zapoteco en los bares de Oaxaca y en una tarde de mezcales conoció al gringo cirquero, músico y malabarista:

“Creo que yo lo conquisté, (risas). Qué modesta, ¿verdad?. Los dos ya estábamos bastante grandecitos, le habíamos dado vuelo a la hilacha y sabíamos lo que queríamos: construir algo más, algo serio”.

Hasta antes de enfermarse Paul era el mánager de Lila: “Tiene una visión artística increíble: analiza cómo armar al equipo; ha sido muy perceptivo con las personas”.

Hace 20 años Lila y Paul hicieron un viaje a Veracruz que resultó poco afortunado: primero fueron detenidos por unos policías que quisieron extorsionarlos, y a su regreso sufrieron un accidente automovilístico con graves consecuencias, Lila nos cuenta: “Tuve contusión cerebral, amnesia. Me dolió la cabeza por un año, y no hice caso de checarme hasta ahora”.

Debido a ese accidente y algunas caídas sobre el escenario Lila tiene problemas en la espalda y la columna.

“Es un problema de deportistas y bailarines. Me querían abrir y fusionar el hueso, pero estoy haciendo terapia y fuerza en los músculos para no llegar a la cirugía. La enfermedad me ha enseñado a relajarme, a estar más contenta, a no estresarme tanto, a bajarle a las actividades y a ser fuerte para seguir dando guerra y lata”.

Familia de Lila Downs
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Lila Downs posando orgullosa con su esposo Paul y su mamá, la cantante mixteca Anita Sánchez.

Viva México, Canijos

Nadie mejor que una mujer tan comprometida con nuestro país para decirnos cómo hacer de éste un lugar mejor:

“Hay que echarle ganas. Negarnos a la corrupción porque si no nunca va a haber cambios. Y disfrutar todo lo maravilloso que tenemos: culturas hermosas, milenarias, que están vivas, lenguas habladas por cientos de años. La gastronomía, la gente: ¡tenemos muchas cosas de qué estar orgullosos!”

Texto por: Brisa Granados
Fotos: Moíses Echartea
Maquillaje y peinado: Alma Nicolás García para NG Alta Estética y spa

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