Cuando me invitaron a conocer un nuevo hotel en La Rioja, imaginaba un escenario aislado, con la ventana de la habitación enmarcando hectáreas de vides en medio de la nada. Sin embargo, mientras nos acercábamos por carretera a la ciudad de Haro, me di cuenta de que no sabía lo que me esperaba.
Volamos de Barcelona al Aeropuerto de Vitoria-Foronda, donde pasaron por nosotros en dos coches negros con el logotipo del hotel en la puerta. Tras unos 35 kilómetros, llegamos a nuestro destino. Fue una sorpresa adentrarse por callecitas angostas flanqueadas por altos muros de piedra y ubicar, en pleno centro urbano, los nombres de bodegas legendarias como Gómez Cruzado, Muga y CVNE. De pronto, todos esos vinos que he tomado en México tenían un lugar de origen físico frente a mis ojos.
Pero el verdadero descubrimiento no fue solo la cercanía con la producción vinícola, sino cruzar las puertas del Palacio de los Ángeles y entender las capas de historia y esfuerzo que levantaron este proyecto.
La memoria de la piedra en un edificio histórico
Apenas crucé la recepción, el personal nos dio la perspectiva real del lugar. Toda la piedra que se ve, tanto en el exterior como en los interiores de sus 38 habitaciones distribuidas en cuatro plantas, es la original de 1769. El edificio nació como la residencia de la familia Ángel, comerciantes de la lana.
Durante años, este palacio barroco tuvo múltiples vidas. En la Guerra de la Independencia funcionó como almacén de municiones, luego fue un hospital, y en épocas más recientes se dividió con muros de bloque para crear departamentos de alquiler. La planta baja, donde hoy está el bar y la recepción, era el núcleo comercial del barrio. Albergó una droguería, un supermercado y una tienda de juguetes. Rubén, quien es parte del staff, me contó que su madre trabajaba en esa juguetería y él, cuando tenía cinco años, iba a visitarla justo al espacio que hoy pisábamos.
Tras el fallecimiento de los antiguos dueños, el edificio quedó abandonado e incluso sufrió ocupaciones, hasta que un grupo de cinco inversores decidió comprarlo para salvarlo de la ruina.
Fueron tres años y medio de trabajo para limpiar y recuperar el material original. El despacho Trench Studio se encargó del interiorismo, respetando la estructura y apostando por proveedores locales. Aunque tenían acceso a grandes marcas globales, se usaron colchones fabricados en una empresa de Haro y textiles de la fábrica de mantas de Ezcaray, ubicada a pocos kilómetros.
Un detalle que define el espacio es el antiguo lucernario central. Lo que antes era un atrio abierto para iluminar el interior, hoy es una biblioteca de doble altura pensada para leer o trabajar, con la idea de que los huéspedes puedan intercambiar libros, replicando una dinámica que tienen ya en otras de sus propiedades.
La operación hotelera avalada por expertos
Salvar el edificio era solo el primer paso, operarlo con una hospitalidad de alto nivel requiere un conocimiento técnico específico. Para ello trajeron a Majestic Hotel Management. Este respaldo logró algo poco común en la industria hotelera: que Leading Hotels of the World (LHW) certificara la propiedad incluso antes de abrir sus puertas al público.
Bajo la dirección general de Óscar Martín, quien llegó tras nueve años operando alimentos y bebidas en el Majestic de Barcelona, el equipo se arma con perfiles clave que vienen desde Cataluña y talento local de Haro que está siendo capacitado desde cero.
Nosotros tuvimos la oportunidad de estrenar el hotel con todos sus servicios operando. Fue muy lindo notar el nivel de personalización en la rutina diaria. En el desayuno, el personal recordaba exactamente lo que me gustaba, se esmeraba en sugerir platillos nuevos y se anticipaba a cualquier necesidad en la mesa, reafirmando por qué este proyecto eleva el estándar del turismo en La Rioja.
La vida local y el ritmo de los jarreros
Para los jarreros —como se les conoce a los locales— este proyecto es todo un suceso. Veías a personas mayores acercarse emocionadas y con curiosidad para observar el palacio que estuvo abandonado durante años a mitad de su pueblo. Tras esa sensación inicial de que el tiempo transcurre lento en estas calles, el hotel vino a revivir el ánimo general. Además, se han convertido en el mayor empleador permanente de la ciudad al crear 45 puestos de trabajo, a diferencia de las contrataciones temporales que caracterizan la época de vendimia.
Logré hacer un par de amigos locales. Tienen esa calidez de invitarte a conocer su lugar, presentarte a los demás y buscar pretextos para pasar frente al hotel a ver gente nueva. Y si alguien piensa que es un pueblo silencioso, basta cruzar la calle de noche hacia La Gintonería. Es un lugar vibrante con repisas iluminadas en azul con más de 1,900 ginebras. Había mucha gente, música, risas y un ambiente que se extiende hasta la madrugada.
A unos pasos también visitamos el restaurante Terete. Tuvimos una experiencia muy cercana conociendo su historia familiar, viendo a la madre cocinar y bajando a sus propios calados subterráneos, esos túneles excavados en piedra que mantienen la temperatura perfecta para la conservación histórica del vino.
Un recorrido por la gastronomía y las bodegas
La oferta culinaria del hotel se diseñó para ser un destino en sí mismo. Majestic cerró una alianza con la familia Echapresto —Carlos e Ignacio, responsables de Venta Moncalvillo y sus dos estrellas Michelin, otra verde, 2 soles Repsol y una lista enorme de reconocimentos— para operar todos los alimentos y bebidas, desde el desayuno hasta el restaurante Ventilla y el Wine Bar.
En Ventilla, el espacio del hotel concebido como un despacho de vinos, colmado y despensa. La carta le cede el protagonismo al producto y propone raciones pensadas para compartir y acompañar la bebida: desde encurtidos y quesos propios de La Rioja, hasta conservas finas como gildas y tostas de sardina ahumada o perdiz en escabeche. Para opciones más formales, la cocina prepara clásicos como el steak tartar de solomillo de vaca vieja, cecina de wagyu, o unos corchos de foie gras de pato con reducción de vino. Es una propuesta de origen y diseñada específicamente para dialogar con la cava.
El detalle más interesante —o impresionante, ya no sé— está en la oferta de vinos. La mejor colección de vinos de Rioja del mundo la tiene la familia Echapresto en Venta Moncalvillo. En lugar de empezar una bodega desde cero, los hermanos decidieron compartir el acceso a su colección con el Palacio de los Ángeles. Esto significa que la carta del hotel pone a disposición de los huéspedes un catálogo conjunto de 3,000 referencias y 7,000 botellas, respaldado por la curaduría de la familia.
Esto significa que la carta del hotel pone a disposición de los huéspedes un catálogo conjunto de 3,000 referencias y 7,000 botellas, respaldado por la curaduría de la familia.
Esa relación con los Hermanos nos permitió tener un recorrido único en donde el propio sommelier Carlos Echapresto nos llevó a pie a explorar las instalaciones de Bodegas Manzanos, Bilbaínas y Ramón Bilbao. Nos dejó ver cómo estas casas han conservado tradiciones, cómo se han adaptado a la tecnología y cómo lograron sobrevivir a guerras y crisis económicas sin moverse de este perímetro.
Residencias equipadas para descubrir la región
Para complementar las 38 habitaciones del edificio principal, el hotel habilitó una estructura a unos metros, con 10 residencias. Son departamentos de una y dos habitaciones equipados por completo —cocina, lavavajillas y lavadora— pensados para familias o viajeros que buscan utilizar Haro como base logística durante un periodo prolongado.
Hay mucho que explorar alrededor de Haro y en los valles cercanos, un recorrido que les contaré en otro texto.Por ahora, quedarse a dormir en el centro de la capital del vino ya no es solo una opción de paso, sino una experiencia de viaje completa.
