tres mujeres indigenas una con un niño
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Matrimonio forzado: la venta de niñas indígenas y la “tradición” que debe parar

En México decenas de niñas y adolescentes indígenas son vendidas como esposas, bajo el pretexto de una tradición, forzándolas a casarse y ser madres, además de sufrir de violencia.

El matrimonio arreglado generalmente es pensado como una tradición lejana, propia de países como la India, sin embargo, esta práctica es mucho más cercana de lo que se piensa y en el territorio mexicano sigue ocurriendo.

  Según las cifras oficiales reportadas por AFP, más de 3 mil niñas y adolescentes entre 9 y 17 años en el estado de Guerrero se convirtieron en madres y algunas de ellas lo hicieron como parte de un matrimonio arreglado.

Bajo el halo de prácticas arcaicas como la dote, en México –así como ocurre en otras latitudes del mundo– las niñas y mujeres jóvenes siguen siendo moneda de cambio para algunos, en la que una mujer puede ser comprada como esposa sin importar su edad, pricipalmente, o sus aspiraciones. Estos matrimonios forzados –considerado una modalidad de la trata de personas– no sólo implican salir del hogar de familia, sino sumirse a un mundo de cuidados del hogar, generalmente del inicio de la vida sexual de forma violenta y en muchas ocasiones, de la violencia doméstica.

En el caso particular de las comunidades indígenas en México, sobre todo en regiones del estado de Guerrero, Oaxaca o Chiapas, esta práctica forma parte de los “usos y costumbres” de la región, en el que los matrimonios suelen darse de palabra, es decir, tan sólo requieren de otros testigos y no se constituyen con actas de matrimonio firmadas ante un juez. Esta forma de concertar los matrimonios es tan generalizada, que incluso se desconoce la cifra a nivel mundial de niñas y adolescentes en matrimonios forzados, aunque de acuerdo con el INEGI, como se reporta en la investigación de Patricia Chandomí, el 17.3% de las mujeres se casan siendo menores de edad.

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Del matrimonio forzado, la esclavitud y la violencia en pueblos indígenas

Un común denominador en los matrimonios forzados que ocurren en estas regiones son la diferencia de edad entre los esposos, en algunas regiones como en San Juan Chamula, Chiapas, la edad mínima para que las niñas se casen son 10 años, aunque en otros sitios es menor, mientras que la de los varones es de 16 años.

Para llegar a un acuerdo, los interesados no sólo deben sentarse a hablar con el padre de familia, sino que generalmente viene acompañado de una generosa dote de dinero o en especie, aunque recientemente el pago normalmente ocurre en dinero. La cantidad varía, sin embargo, medios como Animal Político reportan testimonios de pagos que comienzan en los 40 mil pesos, pero que puede alcanzar los 180 mil pesos según la valía de la niña en cuestión, valía determinada por su edad, sus habilidades para el hogar, la cocina, belleza, sin mencionar su virginidad.

”¿Por qué las autoridades permiten que siga la venta de niñas como si fueran animales, amparándose en los usos y costumbres? ¿Entran las drogas y no los derechos humanos básicos?” Cuestionó Mariana, para Reforma.

Fuente.

El matrimonio forzado no sólo implica la venta de una niña o adolescente a un hombre generalmente de mayor edad, sino también una clase de esclavitud sumamente preocupante y que da pie a todo tipo de abusos y la presencia de violencia.

De acuerdo con Abel Barrera, antropólogo y dirigente de la ONG Tlachinollan para AFP:

Las niñas quedan en absoluta vulnerabilidad. Su nueva familia las esclaviza con tareas domésticas y agrícolas. [A veces,] los suegros abusan sexualmente de ellas.

Ya que entre las obligaciones incluídas al contraer matrimonio o adquirir una esposas están cuidar del nuevo hogar, de procrear, así como de labores agrícolas como el caso mencionado por Barrera, en el que ellas también son valiosas como mano de obra para el campo y los sembradíos.

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En esta forma de esclavitud entra en juego también el valor de las mujeres, en este caso, la dote recibida al casar a una hija es un pago considerado como recompensa por los años y gastos de la crianza de las pequeñas, mientras que para aquellos que pagan por una esposa, esperan que ese pago se retribuya en trabajo doméstico y sexual. Incluso se habla de cómo el pagar por una esposa implica mayor “querer”, las quieren más por el trabajo que costó comprarlas… aunque los testimonios indican todo lo contrario.

“No tienes opción de decir que no”. Declaró Julia, una mujer indígena para Reforma.

De acuerdo con el reportaje de Patricia Chandomí, en comunidades como San Juan Chamula, los hombres que compran a estas mujeres tienen derecho a devolverlas por todo tipo de motivos y el dinero gastado se debe devolver. Entre ellos se encuentran que la niña no sea virgen, no sepa cocinar o limpiar, e incluso explican sobre el llanto porque extrañan su hogar.

Por otro lado, el inicio de la actividad sexual de estas menores ocurre en un contexto de violencia y de abuso; los testimonios recopilados por medios como Reforma, Animal Político, AFP, Debate y muchos más tienen un común denominador, la violación repetida de estas niñas y adolescentes que generalmente culminan en embarazos prematuros.

Por ejemplo, de acuerdo con Debate, la Encuesta Naciona de Salud y Nutrición (Ensanut) de 2012 mostró que el 92% de las mujeres iniciaron su vida sexual antes de los 12 años con una pareja mayor de entre 15 y 19 años. Por otro lado, las cifras de abuso sexual no sólo incurren en violencia por parte de los esposos, sino también de otros miembros de la familia, como tíos o primos.

Sin embargo, la mayoría de estos abusos, así como la violencia doméstica, pasan “desapercibidos” en el sentido de que no son denunciados ya sea por falta de conocimiento sobre la posibilidad de denunciar, la falsa creencia que pueden meterse en problemas legales, y en muchas ocasiones por la falta de mecanismos eficientes que detengan estos sucesos.

De la maternidad forzada

Además de esta forma de esclavitud y el matrimonio forzado, también existe un grave problema relacionado con la maternidad forzada, una terrible realidad que decenas de niñas y adolescentes experimentan. Si bien la maternidad forzada per se ocurre cuando se lleva a término un embarazo a pesar de que la futura madre no lo desee o que pueda poner en riesgo su propia vida, en el caso de las niñas y adolescentes indígenas, su prevalencia va de la mano con el desconocimiento sobre su sexualidad y el sexo, pero por sobre todas las cosas, las uniones forzadas.

La estadística no miente, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), México tiene la mayor tasa de natalidad en mujeres adolescentes de todos los países que conforman la OCDE. Además de que la maternidad también es una de las principales causas de mortalidad en regiones donde el embarazo adolescente prevalece, en el que el desconocimiento, la discriminación y el poco acceso a servicios de salud elevan dicha tasa.

Los datos del INEGI reportan que en Chihuahua, Guerrero y Coahuila son los principales estados en México con embarazos adolescentes, y si bien existen mecanismos a nivel gubernamental para disminuir la tasa de embarazos adolescentes en todo el país, el Consejo Nacional de Población (Conapo) estimó que los embarazos en adolescentes se incrementaron un 20% durante la pandemia, es decir se estimó que para el 2020 hubo 145 mil 719 embarazos no deseados entre mujeres de 15 y 19 años además del promedio. Y esta no es la única estadística escalofriante, durante la pandemia también se ha reportado un alza en la violencia de género en comparación con el año anterior.

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Las consecuencias de ser esposas y madres a tan corta edad

Además de que la maternidad es la primera causa de mortalidad entre las adolescentes, la maternidad forzada también es un factor decisivo para la continuación de este tipo de tradiciones, en las que aquellas mujeres que son madres a corta edad tienen menor nivel de estudios que aquellas que no, lo cual también implica menos oportunidades de trabajo y por lo tanto de independización. Del mismo modo, se denuncia la falta de programas sociales que lleguen a todas las comunidades que le permitan a las mujeres salir de las situaciones adversas o a tener acceso a servicios de salud, entre otros.

Estos y otros factores que suman a que sigan viviendo no sólo en la pobreza y la marginación, sino que también se perpetue esta tradición ya que es percibida como un tipo de ingreso del que cada familia depende y que en algunas comunidades los sitios para denunciar los casos de violencia se encuentran a horas de distancia.

Esto tan sólo devela aún más la inequidad existente, sin accesos a servicios de salud y justicia, al tiempo que su identidad como mujeres indígenas –y adolescentes– se vuelven motivos por los que no pueden ejercer sus derechos pues generalmente son sujetas a discriminación.

Una cuestión de presión para todos los adolescentes indígenas

Sin embargo, análisis como los de Patricia Chandomi también evidencian que la presión para este tipo de uniones recae no sólo en las adolescentes, sino que los varones jóvenes en ocasiones también son víctimas de las tradiciones. En ocasiones, los integrantes de la familia buscan trabajo en otros estados de la república o en Estados Unidos para poder costear los matrimonios con las mujeres de la comunidad, o simplemente adquieren deudas difíciles de pagar para poder contraer matrimonio. En otros casos, son los padres los que tienen que cargar con el peso del costo de comprar a una esposa para sus hijos.

La ruptura de la “tradición” y venta de niñas indígenas

Como toda costumbre que violenta los derechos humanos y que ha quedado en desuso en casi todo el mundo, miembros de estas comunidades y más han comenzado una lucha para romper con los matrimonios forzados y la venta de sus mujeres.

La postura del actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en conferencia de prensa es que estos hechos son muy lamentables y es reprobable, y que “no se puede permitir, y que no debe de haber ningún tipo de maltrato, ultraje, violaciones, en contra de las mujeres”. No sin antes mencionar que “no debe estigmatizarse a las comunidades indígenas”, además de que “estos hechos lamentables se dan desgraciadamente […] en todas las clases sociales». Al tiempo que apuntó que lo que se debe de hacer ante esta situación es “fortalecer los valores. Que no sea lo material lo fundamental. […] Sino que se sigan exaltando los valores que hay en los pueblos indígenas, en el México profundo”.

Lejos de los discursos políticos, en muchos de estos sitios aún es común huir de las comunidades para poder encontrar un futuro que no involucre el matrimonio desde temprana edad… o ante el desconocimiento y la adversidad aceptar un estilo de vida tan trágico. Sin embargo, hay quienes buscan darle una solución que no implique la huída o “acostumbrarse” a que así es como se debe de vivir..

Madres y padres preocupados por el futuro de sus hijos han comenzado a empujar por un cambio, ya sea desde forma interna como negarse a vender a sus hijas sin importar las deudas o la precariedad en la que viven, hasta quienes consiguieron acuerdos con las autoridades para sancionar la venta de menores.

También existen organizaciones no gubernamentales como “Yo quiero Yo puedo” que brinda asesoría y ha conseguido detener la venta de niñas en el municipio de Metlatónoc, Guerrero, a través de talleres que buscan parar esta práctica y que en la actualidad han sembrado una semilla en esas comunidades que la tradición no tiene por qué serlo y que las mujeres tienen muchas más opciones que vender a sus propias hijas o ser vendidas como esposas.

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